Sopladas por el otoño

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El sonido del rasgar sobre el papel amarillento me devuelve a épocas pasadas, sensaciones alto tiempo olvidadas. Los olores, no más que recuerdos, me envuelven mientras que sobre los párpados cerrados mis ojos ven imágenes, cambiantes, fluctuantes. Están tan poco tiempo que no llego a distinguirlas pero si que se quedan marcadas en el fondo de mi corazón. Mi mano sigue moviéndose afanosamente sobre el papel manteniendo un sonido constante como cuando las hojas caídas de los árboles se arrastran sopladas por el otoño.

De pronto pienso y como si nunca hubiese estado ahí, el sonido se extingue. Pienso en tantas cosas que al final no pienso en absolutamente nada, mi cabeza no es más que un enredo de cables que al intentar desnudar da como resultado algo aún más confuso. Muchos de ellos se quedan tensos, alguno casi libre de ataduras pudiéndose mover libremente y, debido a mi insistencia, mas de uno roto. Pensamientos que empiezan y no acaban o aún peor, pensamientos ya acabados pero que siquiera han empezado.

Tengo miedo pues en mi locura, en mi afán por entenderme he mezclado mi realidad con mis sueños, con todos esos sueños que soñamos ya sea de día o en la noche, que soñamos por un día o por una vida. No sé que es lo que quiero, ni siquiera ya sé lo que en realidad soy. -¿Sabéis algo?- Pregunto a mis letras escritas sobre el papel. Se detienen, asustadas de la pregunta a la que no saben contestar. Apago la luz, cierro los ojos mientras, acostado, las cojo y abrazo tiernamente contra mi pecho. – No os sintáis solas – las digo – yo os entiendo.


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